lunes, 19 de octubre de 2015

tercera vez

SOBRE EL SONIDO MALDITO
(o: "un compilado de grandes fracasos")



*

Me desperté sordo, en mitad de la noche.
Lo primero que descubrí fue que no podía moverme. Mi vista estaba clavada en el techo, uno de los brazos doblado de modo poco convencional, el corazón inusualmente calmo, como si el pulso no hubiera recibido noticias de la terrible situación. Y la terrible situación era que (fue lo segundo de lo que me percaté) un extraño cosquilleo me corría bajo la piel, provocando pequeños aguijonazos en el centro mismo de los huesos, un eco veloz que viajaba quemando, haciendo cenizas mi dureza, ahuecándome, dejando una estela de purpurina ardiente que no llegaba a disiparse porque rápido el circuito se cerraba y no había ni un segundo en el que todo el cuerpo no me estuviera vibrando en un espacio-tiempo igual de dormido que mis capacidades motoras.
Junto con esa certeza, la certeza de que me había vuelto un furioso muñeco vudú que no dejaba de ser acribillado, llegó el tercer descubrimiento.
El tercer descubrimiento fue el zumbido.
Sí, la vibración era un zumbido, una especie de mantra en baja frecuencia que se desprendía de mis articulaciones ausentes, mis músculos tensos, mi carne hirviente. O todo estaba en mi cabeza. Todo estaba en la única parte de mí que aún estaba dispuesta a reclamar algo de propiedad sobre lo que se  mostraba muerto y alarmantemente vacío, la parte de mí que tenía la culpa de que yo pensara en un mí. Mi yo.
El zumbido, su existencia inapelable y única, era, paradójicamente, la razón definitiva de mi sordera, de ese modo tan fantasmal de habitar la noche, ese modo que interfería con la percepción natural y me obligaba a no despegar la vista del techo tan lleno de sombras estáticas, que bien podían ser, a su vez, un reflejo de lo que yo  podía ser para la visión de alguien que se tomara la molestia de mirarme desde allí, desde arriba, invirtiendo mi eje de referencia.
Me sentí desprendido: yo era sólo una mancha; el zumbido, esa manifestación eléctrica que parecía llenarme con su vitalidad, me daba una consistencia plana, achatándome sobre la cama-techo, convirtiéndome en un punto de fuga, una figura que rápido la conciencia podía interpretar como un monstruo, una quietud más dentro de un mundo paralizado.

Aumentó la vibración, tanto que nada era una definición, sino que un estado en si mismo, un “ser” diferente. Ni mi antebrazo bajo mi peso, ni mi corazón en su percusión pacífica, ni mi vista en un allá que podía ser un acá; nada de todo eso era mío, sino que “mío”. Empecé a flotar en el zumbido, ni arriba ni abajo.
“Estoy hundido”.
Analicé mi (“mi”) situación, traté de entender en qué lugar me dejaba la inmovilidad:
-Arriba: un nuevo techo: la superficie de todo un esquema llamado realidad.
-Abajo: una nueva cama: un paradigma que se tejía con las fuerzas de choque existentes dentro del núcleo de la existencia misma.
Ambos conceptos parecían intercambiables. Me supe condenado.
Antes de ahogarme, sin desesperación, me pregunté si también era incapaz de gritar.
Con un esfuerzo póstumo apreté los dientes, sin sentirlos. El dolor fue tan indefinible como la caricia de un ayer. O como la fantasía de una caricia. 
Estaba en sintonía con todo.

Sin esperarlo, me encontré abriendo los ojos por segunda vez, al tiempo que el sonido de mi propia voz llenaba toda la habitación, colmando cada rincón, cada arriba y cada abajo.
Algo se rompió.
Tenía puestos los auriculares y, para mi sorpresa, en el techo no había sombras.

*

¿Por qué hace covers una banda?
Imaginate a un dibujante con talento calcando un famoso cuadro. Imaginate a un escritor en el banco de los acusados, bajo el cargo de “plagio”. Seguí imaginándote los devenires que afectan al resto de las artes. Sin embargo, un músico puede ser considerado músico desde el mismo instante de la precisa o genuina ejecución. La validación de la reversión afecta de modo único al fenómeno musical. Algo que tiene que ver con el lenguaje. Y el lenguaje es mito llevado al extremo, tanto como el mito es lenguaje llevado al extremo. Una identificación más ingenua, una consecución profesional más compleja, sin tanto arista de solemnidad: hacer un cover, fin.
Tanto el lenguaje como el mito buscan preservar, inmortalizar.
¿Por qué hace covers una banda, entonces?
Manifestar en voz alta lo que vos ya tarareaste  por lo bajo. Una forma de comunicación secreta, una lectura veloz de una realidad-paradigma que por culpa de esa velocidad se imprime y se reimprime, como si el cover fuera el eslabón evidente y preponderado, la pieza que decanta del espacio-tiempo-percepción de un ahora-ya que es un ahora-antes, un ahora-después, un ahora-cover, fin.
El lenguaje, en su síntesis, puede ser muchas cosas, pero nunca original. El mito, en su síntesis, origina. Clara contradicción que deriva en el ser queriendo ser, siempre siendo.
Una copia que no se considera tal.
Eso somos.
*

La primera vez que me sentí conmovido de verdad por un tema tenía ocho o nueve años y estaba en la pileta de lona que mis viejos solían armar en el patio de casa ni bien el verano comenzaba. Estaba compenetrado en una misión doble: quería batir mi propio record aguantando la respiración y poder, de una vez por todas, abrir los ojos bajo el agua, sin que eso dispara el reflejo de también abrir la boca. Quería mirar en las profundidades sin que eso significara ardor, gusto a cloro, tos. Quería poder ver sin pagar estúpidas consecuencias.
En mi muñeca derecha llevaba un reloj de plástico que tenía una inscripción en inglés que lo calificaba como “a prueba de agua”.
Por infinita vez esa tarde, programé el cronómetro, tome aire y me sumergí.
Con los cachetes inflados comencé la cuenta interna y empecé a sentir cómo, de a poco, mis pulmones, a diferencia del resto del cuerpo que se abandonaba a una especie de letargo acuoso, empezaban a convertirse en brasas ardientes.
Unos segundos después todo indicaba que el intento se convertiría en otro de tantos intentos fallidos. Fue entonces cuando llegó la melodía.
Provenía del interior de casa. Supe que mi viejo había puesto uno de sus discos preferidos. Y la música no sólo atravesaba los muros de concreto que la contenían sino que también llegaba hacia mí, como “apagada”, como a través de un filtro que la reducía y a su vez la revalorizaba, anexando sus golpes a los golpes de mi pecho, que me recordaban, de modo violento, la necesidad siempre implícita de aire.
Sin embargo, cautivada por los acordes, la necesidad bailó y se olvidó de sí.
Mi propio peso y consistencia dejaron de ser tales y una voz lejana que hablaba de cosas tristes me elevó. El aire, ya no feliz con no entrar, salió. Pero no yo. Yo no salí. Se desinflaron mis cachetes, dejé de contar. Me quedé bajo el agua.
La primera vez que me sentí conmovido de verdad por un tema me encontré a mí mismo flotando. Y cuando abrí los ojos, ya sin estar pensando en fracasar, vi el fondo azul sobre el que mis rodillas se habían asentado minutos antes. El fondo de la pileta se movía, hipnótico, como si reflejara, a punto con los acordes invasores, el cielo que sobre mí, sobre el agua, se movía, en ese cautivador pero invisible rotar que da razón al mismísimo eje terrestre.
La vista se me nubló más y más, al tiempo que el tema (el favorito de mi viejo, el que venía de su infancia) llegaba a su clímax y yo entendía que llorar era un deseo imposible.
“¿se puede llorar bajo el agua?”, me pregunté, al tiempo que el furioso palpitar se me trasladaba a los ojos y manchas oscuras empezaron a aparecer con intermitencia frente a mí, nublando el fondo-cielo, como si una enorme ave rapaz me sobrevolara, hambrienta y paciente.

Cuando el tema terminó, resurgí, como un zombie acuático, con una profunda y ruidosa inhalación, como si ni todas las partículas de oxígeno del mundo me fueran suficientes. La música parecía más lejana que aún estando lejana. Pero yo ya había descubierto la conmoción. El mito. El lenguaje.
Observé dos cosas: el reloj de mi mano derecha se había detenido.
Mis oídos, efecto secundario, estaban tapados.

Unos días después, solo en casa, descubrí, con el vértigo del que inspecciona lo prohibido, que el tema que sonó la tarde en que quizás batí mi record o quizás no, no sólo provenía de la infancia de mi padre, sino que era una reversión de un tema mucho más viejo.
Es el tema que más veces escuché en mi vida.


*

Las bandas hacen giras, dan shows en vivo, tocan una y otra vez eso que ya supieron perfeccionar hasta el límite de sus capacidades.
Recordemos que nunca vas a leer un libro tantas veces como escuchás un tema. Mucho menos asistir mil veces a la misma muestra de obras de tal o cual artista plástico.
El rock te obliga a remitirte una y otra vez a un determinado sentimiento, recuerdo, muerte, resurrección. No es juntarse a escuchar un disco. Es juntarse a escuchar a una banda reproducir un disco.
¿Qué es un show en vivo si no es un mito de las cavernas a la inversa, donde primero se visualiza la forma, luego el engaño? Y en el engaño la revelación, el reflejo.
El fuego primigenio fue creador de las sombras primigenias, las primeras sombras danzantes creadas por el hombre, entregadas al crepitar del accidente-descubrimiento.
¿Y el primer fracaso? La vulnerabilidad y finitud del fuego.
¿Y el primer saber? El fuego puede recrearse.
Que existan los shows en vivo es un entrenamiento para nuestra conciencia ancestral, la más importante y la más efímera: la experiencia vuelta cover de si misma.
Ninguna lluvia puede apagar ese incendio.

*

Logré ver a mi banda favorita cuando mi vida había atravesado la curva de saber que nada puede ser favorito, que todo es más una chance, que la música se come a sí misma, como la cultura toda, pero a pasos (mordiscones) agigantados.
Fue un recital al aire libre, en un estadio. La banda había movilizado a miles de fanáticos que se habían dejado cautivar con la trampa de que no habría más recital que ese, que era el volver a juntarse luego de la extinción. Incluso con las críticas previas que calificaron al show como un robo, un intento desesperado de capitalizar algo que había perdido su alma, el estadio se había llenado.
Idealización: ese es el alma no perdida del lenguaje y el mito.
Me conmoví sobremanera cuando, en su retorno, mi banda favorita (o mi ex banda favorita) ejecutó un tema de su primer disco que en realidad no les pertenecía. El chiste se repetía a si mismo, a la sonrisa del entendimiento le seguía la sonrisa del fracaso que motiva toda composición. Comprendí la sala de ensayo, a pesar de nunca haber tocado un instrumento.
Rápido me sentí no solo pero sí único entre todas aquellas personas y me recordé a mi mismo escuchando ese tema en una prehistoria inalcanzable, con auriculares, acostado, entrando al plano onírico al compás de esas notas.
Al llegar al estribillo, cerré los ojos. La efusividad de todo ese público que no era necesariamente “yo” demarcó el carácter de la leyenda, habló del entendimiento más allá del tiempo y me dejó titubeando, aún con el resonar de epifánicos versos repitiéndose entre mis yo y dentro de ellos.
Me mantuvo de pie el hecho de que otro ser-forma se ajustara a mi hombro derecho y otro ser-forma se ajustara a mi hombro izquierdo. De lo contrario hubiera caído.
Levanté la cabeza (que era lo único que podía levantar, aprisionado y contenido como estaba) hacia las nubes, con los ojos aún cerrados.
“¿Puede mi viejo, ya muerto como está, seguir escuchando su tema favorito?”
A modo de respuesta, pesadas gotas empezaron a besar mi rostro.

El tema terminó. Sé que hubo aplausos pero no los escuché: para esas alturas, el show había dejado un irremediable zumbido en mi interior.

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Ya dijo alguien alguna vez que todo sucede siempre dos veces. El rock proclama que existe una tercera vez, pero su esencia es un secreto, un sagrado y profano silencio, eso que se busca romper, con terquedad, sin mucho o sin nada de éxito, para lograr, de modo definitivo, eso que se llama comunicación. La tercera vez es el disco girando de modo incesante: el mito-lenguaje del ciclo.

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Mientras releo lo expuesto, vuelvo a poner play.

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