lunes, 28 de septiembre de 2015

Kaos


CORTE Y CONFICCIÓN
(o: cómo escribir una trampa)





Me extraña, araña,
que siendo mosca
no me conozca.

*

le digo: "te van a agarrar".
& él dice "no" & yo digo: "si ellos no
te agarran, te  vas a agarrar tú mismo".
Bob Dylan, Tarántula.

***

Quizás todo esto se trate de mi yo escritor defendiendo el territorio que tanto tiempo y esfuerzo y fé ciega le costó conseguir; quizás no es que soy un tipo complicado y por eso escribo, capaz que primero escribo y por eso me puse complicado. Sé que podría ser de cualquier modo, sé que todos tenemos una ilusión de lo que es la libertad, pero sería de verdad complicado descubrir que mi ficción la definió, por ejemplo y sin ir más lejos, una profesora de literatura que a mis doce le dijo a mi vieja que yo iba a ser esto; le dijo, sí, escuchaste bien, tu hijo va a ser escritor.

Y fue así cómo comenzó.
Una vieja se columpiaba sobre la tela de una araña.

*

Mirá si esa vieja se hizo profesora de literatura para poder escribir estas cosas…
Más complicado aún.

Podría descartar el pensamiento o someterme muy pasivo a los látigos del drama, lo que es decir que podría no ser yo o creerme el protagonista de una película, la mía, y perdoname que te diga, pero no hay peli que dure cien años (o lo que quieras vivir) ni idiota que la soporte. No puedo no ser y no puedo fingir interés. Podría una cosa o la otra, pero primero vislumbro un presente, un “ahora”, un lugar que no es sin mi pero del que no soy dueño.

Un territorio infinito.

O eso es lo que argumento para entenderme como creación, esa clase de creación que lejos de estar bajo el constante influjo maquiavélico logra sorprender. Eso que elegís ser ante la incertidumbre, mediante el simple hecho de entregarte a volver experimento tu propia capacidad de crear. Eso es lo que me digo que hago cuando creo. Y cuando creo, creo. De creer y de crear.

Me entiendo como creación del siguiente modo: una vieja (para mí era vieja en ese momento, no importa que hoy piense diferente sobre la vejez) estiró sus tentáculos y me estrujo y en la asfixia de la inspiración me hizo representarla, definirla y finalmente abandonarla. Ella me representó, me definió, me abandonó. Me dejó solo, sólo siendo escritor, porque eso sí, claro, “su hijo va a ser escritor”.

¿Qué pasa si esa profesora hoy lee esto?
Más importante aún: ¿sigue viva esa profesora?
(Ojo. Los viejos no viven mucho más)

*

Como veían que resistía, fueron a buscar a otra vieja.

Imagino a esa vieja convirtiéndose en otra vieja, la que cuando yo tenía dieciséis leyó un cuento de mi autoría y lo calificó de “horrible”, para luego explicar que por “horrible” entendía que yo había escrito un cuento de terror y que aquello esperaba ser entendido como un piropo. Imagino fuerte ese momento en el que la segunda vieja (para mí era vieja en ese momento, no importa que hoy piense diferente sobre la vejez, no importa lo que pensé entre un momento y otro) se deja llevar por algún párrafo escrito con la furia de esas primeras posesiones reales, todo muy amateur y gloria, todo muy puño y letra, algo tembloroso, y acto seguido escribe, igual de puño y letra, igual de tembloroso, con adultez, en rojo: “¡Horrible!”. La imagino imaginándose a si misma, explicándome. Seguro me pensó joven y entendió diferente la juventud o la recluí al recuerdo de sus años dorados o nada es tan romántico en el mundo, pero seguro me pensó y seguro no intuyó a la vieja anterior y me creyó, ella también, fruto de su descubrimiento, lo que significa que se apropió de mi, para volverme un poco su creación.

Y es así de violento cómo tu creador se vuelve tu crítico y de pronto recibís algún premio, o no, pero ves la mentira y también las cosas buenas (las cosas buenas sobre todo) y podes cargar con el secreto de ya haber intuído (vos sí intuís, tejés, que es lo que hacía tu abuela, otra vieja, la que te regaló los primeros libros), el secreto de haber cohesionado la realidad, de ser culpable de un modo  muy ncestral, básicamente, de haber sido (o haberte creído) libre en tu idea de libertad.

Un día cualquiera conmoviste a una maestra o dos.
Fuiste orgullo de mamá.

Escribo:

Y ni siquiera tuviste la decencia, el pudor, de sentirte tan escritor como te creíste que eras. No se te ocurrió pensar que no había que ser tan escritor para descubrir que estabas siendo sutilmente embaucado, que esas bocas eran un filo diciendo: “su hijo va a ser horrible” o diciendo “¡escritor!”, porque formaban parte de lo mismo, no en vos, sino que en un plan, en un cortejo de payasos y asesinos y nadas y dramas que te reclamó como núcleo de un complicado sistema solar y antes de convertirte en astronauta te interesaste por la carta astral y la carta astral también te dijo algo de vos, y la escuela, en definitiva, te marcó tanto como a todos los demás y le creíste a tu cabeza y hubo algo que tenía que ver con que todo te podía pertenecer y un territorio que siempre se puede conquistar un poco más; un virus, algo que nació con el nuevo místico que nace, el escritor que soy y que dijeron que sería, el mismo que cayó rendido en las redes de la primer y brutal causalidad.

O ser complicado de verdad y escribir:

Crea un mundo y te hunde en él. Tu mundo ahora es la vibración causada por tus propios gritos- espasmos. Tu mundo ahora es la violencia de querer escapar. A eso se reduce el causa-efecto: a vos en el medio. A veces te sorprendés pensando en la música que tus movimientos pueden estar creando: después de todo, la música es eso, vibración. Es música que no escuchás, pero sabés que eso no determina su existencia. Empezás a ver los nudos en tus ratos de vacilación, en los recreos que le das al desespero. Ahora que entendés la forma, entendés, también, que no hay nada saliendo de vos. Muy por el contrario: todo parece ser NO vos. Podría (podrías) haber sido cualquiera. Un mundo plano creado de hermosas formas geométricas, un mundo plano capaz de pasar desapercibido o tentar con su presuntuosa fragilidad. Un portal pegajoso: el mundo en el que estás hundido, mientras la parcaraña se acerca, fascinada ante el nuevo moscángel caído.

*

O quizás se trate de que ya nacido sólo hago lo que se hace de modo inexorable después de nacer: me pongo viejo, sin saber que voy a pensar sobre la vejez un segundo después, gravitando en mi pretenciosa, única, parodiada y ¡horrible! (“¡horrible!”) eternidad, uniendo puntos que pronto se vuelven un efecto causal, una constelación de ocho patas bajo la que pendulan las víctimas que leyeron la primer línea y luego siguieron, muy ingenuas, hasta el punto final.





***


jueves, 24 de septiembre de 2015

Noche Eterna

EL NIÑO MÁS TURBADO DEL MUNDO
(II)
(o sobre la hoguera en el ojo ajeno)

para Ferdydurke


*

El niño no intentó dormir.

De pronto no existía para le niño otra lectura más válida que la que le ofrecía su atormentado instinto: no vas a poder dormir. Como quien dice un secreto y te guiña un ojo, en una habitación en penumbras, como quien se mira los pies, al sol, y confiesa que no sabe a dónde, ni por qué, ni cómo, ni nada; un poco de esto y un poco de ajeno, una locución mental igual a las que ya conocía, sólo que con un atributo diferente. Nada le costó encontrar la respuesta a esa pregunta que nunca dejó de estar del lado inconsciente: lo diferente era que ahora sus pensamientos tenían sombra.

No vas a poder dormir también era un “el niño no pudo dormir”.

No existen las brujas tal como te las imaginás, porque ese fue el engaño al que te sometió la Bruja. Un engaño por partida doble, triple, cualquier cantidad de veces, porque lo importante es que se pueda restar y volver cuenta regresiva y explotar.

El niño no intentó dormir porque luego de la explosión hubo llamas.

Su cama era fuego. En ese fuego él era el niño, luego era el niño que se pensaba como niño, luego era el niño que se pensaba como niño impregnado en las pupilas de la Bruja, ahí, tan cobarde, delante de ella y sin coraje como para levantarse y decir: “el aula se está incendiando, señorita”.

El fuego sólo se había dedicado a comer, había creado la elipsis existente entre ese segundo de cobardía y su estado de autoimpuesta vigilia. Había quedado lleno de cenizas el camino a casa. Tenía sombra, sí. Pero no podía mirar al fuego a los ojos, porque si tenía sombra era por el fuego, y la verdad era que había algo de esa sombra que resultaba… genial. Sorprendente. Tentador. ¡Tentador y estúpido! Sí, eso, se dijo el niño. Y por un largo rato miró todas las sombras de las cosas que no eran en la oscuridad. Su cuarto se desnudaba ante él. Y ese fenómeno lo deslumbró.

El niño descubrió, esa misma noche, la insatisfacción subsiguiente al deslumbramiento. De pronto, cada otra sombra era demasiado sombra, demasiado poco de sí y ser sombra no sólo no era atractivo sino que lo remitía a un niño mucho muy anterior: unas latentes ganas de llanto alojadas en algún lugar entre su boca y su nuca, una sensación de cabeza flotante, de cabeza tonta, de cabeza nada.

No vas a poder dormir también era una ausencia.

Y la única ausencia era la Bruja y su maldición y su bosque lleno de trampas y ser devorado y la Bruja al final tan por encima de todo, porque pesadillas pero ya “no vas a poder dormir”, porque la Bruja lo sabía y por eso no se reía ni lloraba, porque por eso siempre repetía la misma pregunta o eso era la hoguera. ¡O eso es la hoguera!, sí, se dijo el niño que se imaginaba como niño en las pupilas de la Bruja, mientras la prendía fuego con el poder de su mirada, de su sombra proyectada en perspectiva atroz, casi tanto que daba vértigos de miedo, casi tanto que era orgullo de tener sombra y de nuevo el niño con lágrimas y no y la vergüenza y su apretar los ojos fuerte con el espasmo de la recursividad y el fuego agigantándose en algún lugar o sólo en su cabeza y el resto de la noche y el vulgar despertar del que no despierta y el obligado desayuno y el caminar y el astro ardiente y otra sombra y la posibilidad de un día que se desteje en promesas de quemar y la reclusión y otra elipsis y descubrir la temprana noche de volver a estar inmerso en una elipsis o en una fantasía de un nunca acabar, y la Bruja, otra vez girándose para perder su mirada en un punto indefinido entre él y el fuego, entre él y los otros niños:

-A ver si esta vez alguien se anima… ¿Qué quiso decir el autor con esto sobre la inocencia perdida?

Y sin ser capaz de predecirlo en sus futuras tramas conspiranoicas, el niño-sombra-fantasía ve su brazo extenderse y ese puño que estruja la noche se abre y todo se dispara y aniquilación total de cualquier otro y una violenta onda expansiva de sombras-fantasías arrasa con el mundo y la Bruja lo mira y sí, es la hoguera tras los lentes y es algo de la chispa que baila en su interior, y decide, sin ser capaz de predecirlo en sus divagaciones pasadas, saltar y sorprender al fuego en su esplendor, y un último pensamiento referido a la culpa de no ser culpable pero creerse tal y ya nada y manchar la negra realidad con una blanca mentira: ser otro tronco podrido que sirva para avivar las lenguas de esa argumentación temblorosa entre un tiempo que no es y otro.

El niño no intentó dormir, moviendo los labios.

Y qué bueno ser para la Bruja una singular condena o una respuesta poco satisfactoria pero valiente.

O eso soñar, sin pegar un ojo en toda la noche.



*

martes, 15 de septiembre de 2015

Primer Noche

EL NIÑO MÁS TURBADO DEL MUNDO
(I)
(o de cómo tus días se vuelven una aguja en un pajar)



"Por todas las irrupciones y erupciones, ¿acaso nunca lograremos huir de la escuela?"
Ferdydurke, W.G.




*

El niño no pudo dormir.

Pasó largas horas en divagaciones de paseo circular, semi-perdido y sin asumirlo, por bosques embrujados internos.

Tocó el pico de tristeza a eso de las 3 de la mañana, cuando llegó a la conclusión, con los ojos cerrados, el colchón convertido en cama de hojas secas, de que nada puede estar embrujado si uno está solo. Lejos de ser un consuelo, la chance de que el bosque finalmente no estuviese poseído por el espíritu vengativo de una Bruja, de la bruja más mala, de la come-niños, lo llenó de un abrumador pesimismo, algo referido a estar defraudado, el “modo defraudado” que tiene que ver no con las expectativas conscientes sino con las inconscientes. Así de defraudado. Y se sintió miserable y supo que ese no sería su fin, que no moriría esa noche en su habitación, que no se lo llevarían los monstruos, que era su propio miedo al miedo el que lo mantenía insomne, tan eléctrico y débil.

Supo que la batalla era real, sí, pero que el otro mundo, la posibilidad de otra posibilidad real, no lo era, o se alejaba. Se preguntó si vivir se mira caminando o si es la vida la que camina. Se vio viendo que algo se iba. Entendió que lo que veía era un mañana vivo, contenido en un continuo presente. No supo si el punto final era lo próximo o si surgiría el cuadro dentro del cuadro y tanto lo trató de adivinar que le dolió la cabeza,  parpadeó largo y capaz (se dijo) “me morí” o capaz (se dijo) “me dormí”.

Para las 4.03 ya estaba fingiendo que no sabía qué estaba sucediendo en realidad y la pregunta-mentira se hizo espiral hasta el aburrimiento, hasta la alienación de su yo “receptor” y quizás, se dijo, dando cierre al ciclo mental precedente, de pronto sobresaltado, “esto es un sueño en el que estoy despierto”.

Concluyó en que nada había de diferencia entre estar o soñar.

O morir, si se quiere.

Cuando el reloj con motivo infantil de la mesa de luz dio las 4.30, el reflejo del niño que se traslucía en su cristal era el de un niño agotado y sabio por partes iguales. Resultó que al niño, la duda sobre la propia duda le había dado una genuina prueba de existencia y pensó que antes de ser cualquier cosa, uno, en primera instancia, es evidencia, porque lo que importa es cómo te lean, cómo te completen, qué signifiques para otros. Así fue que el niño descubrió que hay una única cosa más importante que la duda propia: la duda ajena.

Dejó de sentirse triste. Hasta las 6 estuvo muy tranquilo, como si estar sin poder dormir no lo acongojara, planeando en intermitencias por autopistas líquidas de madera o de nubes, percatándose, con solemnidad, de cada movimiento de luz, siguiendo el rastro a las sombras, tan lentas y tan inevitables, en un estado de deslumbramiento puro, deslumbramiento del que ya no puede confiar en su deslumbramiento, deslumbramiento del que se sabe ilusión, deslumbramiento estúpido.

Después, un poco antes del amanecer, sintió que estar bien sólo tiene un contrapunto de equilibrio anímico: estar susceptible. Y fue apenas sentirlo para que el casi quedarse dormido, el casi entender algo, el posible sueño, la posible muerte, se codificara en un violento y rotundo escalofrío y de pronto todo desapareció de sus facciones y la madurez que lo había maquillado se evaporó y algo en su forma de apretar los labios perdió dramatismo y se inflaron sus cachetes y volvió a creer de pronto en la Bruja, de pronto hasta se sorprendió pensando que la Bruja le resultaba atractiva, la Bruja no iba a dejar de estar ahí, matando niños, sólo porque él quisiese o no, y fue sentirlo y el despertador le rompió los tímpanos y el sol le quemó las pupilas y, veloz, el agua en el rostro se llevó lo mejor de él, para dejarle la chance más pura, esta vez en carne viva, carne que se contraía, acalorada, ante los sabores de esa noche que se extinguía y que rápido la memoria selectiva se encargaba de patear lejos.

El día que el niño no pudo dormir descubrió que estar despierto es una mentira tras otra.
O una especie de embrujo, se dijo a media mañana, la mañana que siguió a la noche sin dormir, mientras observaba abstraído a la maestra, al tiempo que sus compañeros intercambiaban en secreto almanaques de señoritas desnudas, robados de la peluquería del barrio, donde rostros jóvenes, un futuro, prometían futuras noches de no pegar un ojo, eso que ya le había pasado aún antes de que pudiera entenderlo.

Estar enamorado pero seguir siendo un animal.

-A ver quién se anima a decir qué quiso decir el autor con esto sobre la inocencia perdida…


Y qué feo ser para la Bruja sólo un niño más.


*

Fin de la parte primera

jueves, 10 de septiembre de 2015

Break on through

De los manuales de la S.o.M.o.S. (Sociedad oculta Multiversos oculta Sociedad)
-traducido por vos-


EXPERIMENTO PARA COMUNICARSE CON OTRO MUNDO

“Lo mismo para el libre albedrío el intermediarismo: por libre albedrío designo la independencia –o lo que no se confunde con nada distinto- de modo que, en la intermedieridad, no existe libre albedrío ni dependencia, sino una aproximación diferente para todo lo que se califica a si mismo como persona hacia uno u otro de estos extremos. Esta expresión se parece a un cliché, pero en la intermediaridad todo es paradoja: somos libres de hacer lo que debemos hacer”. 

Charles Fort, El Libro de los Condenados.

***



I.
Creá a tu amigo imaginario.
O encontralo.
Entre la creación y el encontrar hay varias teorías tejidas, desde las que opinan que una cosa es lo mismo que la otra, hasta las que dicen que la diferencia es tan crucial como crucial es la diferencia entre un sacrilegio y el motor de una divinidad deslumbrante, pasando, claro, por las que manifiestan con desgana que buscar tales puntos de inflexión es  parte de una tarea no sólo estúpida, sino que hipócrita, dado que, citando: “todo lo que ocurra en el ámbito de la creación, incluso la creación de una teoría que la defina, no es más que una búsqueda creativa, por tanto, no se trata de complementos ni de opuestos, sino que de fatalidad. Déjense de romper las pelotas”.
Sea cuál sea tu postura o tu duda o tu búsqueda creativa, lo importante es que nunca olvides al amigo imaginario, porque si no sos capaz de predecir la soledad que te espera al final del trayecto no estarías realmente preparado para esto. Por eso: para una “guerra interna”, “triunfos internos”.
“No, no tenés por qué estar solo”.
En realidad esto último es lo que te dirían en un libro de auto-ayuda. Lo que es menester que sepas es lo siguiente: “ni aunque quieras vas a quedarte solo”.
Sos creador de la soledad macrocósmica, sos buscador de la soledad microcósmica.

(nota: nótese que se presupone que se notó con claridad la nota previa sobre el uso de “crear” y “buscar”, ergo, ambos términos son tan intercambiables como obsoletos, son de una verdad absoluta tanto como la sentencia misma que podría confesar ahora y ya, hechas las salvedades necesarias, “en realidad no estoy diciendo –ni creando ni buscando- nada”. Fin de la nota).

El segundo paso es abandonar a tu amigo imaginario.
Sobre este paso no hay mucho que agregar. Excepto algo: podrá un descuidado sentirse preso de la ansiedad y/o la desesperación al comprobar que nada se dijo con mayor profundidad sobre esa búsqueda/creación primigenia. Bien, entonces, que el ansioso y/o desesperado, así se exprese: “disculpe, señor escritor… ¿pero cómo creo o encuentro a mi amigo imaginario para poder seguir con el resto del experimento, es decir, abandonarlo?”.

Siendo yo ese estimado escritor podría optar por ignorar la posible pregunta, acusar de idiota la posible pregunta o aguantarme las ganas de lo primero y/o lo segundo y elaborar una posible respuesta:
“¿Podrías mirar un atardecer que transcurra en el interior de tu cabeza en total silencio? No.
Sabés que tarde o temprano va a pasar. Si lo sabés, creeme. Yo también lo sé. Para siempre.
Es entonces cuando recurro a apoyarte la mano sobre el hombro y decirte que si todavía no te fuiste corriendo sabés lo que me pasa o lo que me pasó o lo que va a pasarme, y sin embargo sabés (crees) que puedo sorprenderte con algo. Con la mano en tu hombro, suelto lo primero que se me viene a la mente: nada se logra a partir de la mezcla de ausencias: todo brota del aire, del fuego, de la tierra, del agua y, no olvidemos, del humo. Una alquimia siniestra y perfecta.

¿Esperabas lo que dije? ¿Esperabas que fuera más profundo? ¿Te sentís ansioso?

Entonces suelto tu hombro y te exijo mayor atención. Leéme bien, es fácil:

Esmerate en lograr que sea un amigo imaginario sincero.
No te sientas incómodo en su presencia.
No dejes de mirarlo a los ojos.

Basicamente:
Que nunca no estar solo estando solo esté mal.

Mis preguntas sin respuestas eran solo puertas cada vez más angostas. Y acá estás, mirando, pasando confundido por una pequeña rendija, como un rayo de luz.

Tranquilo: acordate que todo esto no es más que una proyección de vos que está creando o buscando. O buscando y creando.

II.
Cuando por fin hayas abandonado a tu amigo imaginario (ya no toquemos ese tema), empezá a construir un hogar.
Eso parece difícil, y sí, es difícil, empezando por algo tan tonto como la elección de los materiales, decisión ligada al nivel de permeabilidad y ostentación al que se ose, terminando por los muebles que nunca vienen del tamaño que uno los necesita y hay que aprender a hacerlos o empezar a tomar decisiones drásticas, como romperlos. Es un paso difícil, por sobre todo, porque uno no puede mentirse con una duda, con un cómplice o con un obrero explotado, porque en la construcción de ese hogar cada esfuerzo invertido desgarra la piel del lado de adentro: no se permiten las ilusiones de exterior (¡lo que me recuerda, como punto de referencia, lo muy importante que es, también, el uso, o no, de ventanas y la orientación de las mismas!): las columnas dejan de ser adornos para convertirse en sostenes indispensables.

Ser sólido y quedarse hueco en partes idénticas.

Si no se construye la casa, los pasos anteriores (la creación del amigo imaginario y su consecuente abandono) habrán sido en vano: el amigo imaginario no dejaría nunca de ser un amigo imaginario abandonado. Porque al que se lo exilia de lo que es nada siempre será un abandonado. Si querés cargar a tu amigo imaginario de honor es necesario que entiendas que tiene que existir un lugar al que no puede volver.
El amigo imaginario se consolida en si mismo: ya es libre para sentirse con derecho a una venganza.   

En este punto se produce una discrepancia entre los estudiosos o fanáticos del asunto, a saber: se preguntan, en filosas discusiones de sobremesa, sobre la siguiente cuestión: “¿no sería más fácil empezar por lo de construir un hogar, así, si se falla, se falló y ya, sin haber tenido pérdidas mayores?” y “¿no sería incluso eso más responsable y adulto con respecto al amigo imaginario en cuestión?”. Quienes se burlan de estas preguntas suelen agarrarse los estómagos y largar estruendosas carcajadas para luego, al secarse las lágrimas producto de la risa con el borde de una servilleta, sentenciar, duros pero haciéndose los desinteresados: “ningún adulto puede crear amigos imaginarios, ningún niño puede ver interesante construir una casa interna dado que en la niñez no existe más que eso: la casa interna”. Según ellos, la casa siempre viene después, imposible antes.

Ligado a esto, una teoría un poco más extrema asegura que un adulto sólo podría desenvolverse entre estos patrones de instinto, penetrar en las reglas tácitas que aquí se describen, si alguna vez se sintió cruel. Y, en palabras de la Real Academia Imaginaria: “hay pocas cosas que generen tanta culpa sin culpa como la traición a un amigo imaginario: una vez que lo hacés te sentís diferente, capaz de lastimar, pero no necesariamente peor”. Esta teoría sostiene que es en ese momento cuando se empieza a conspirar, a investigar, cuando uno se vuelve Detective, cuando se empieza a respirar el futuro por venir no como necesaria revancha de uno o de otro, sino como unión de todo, de lo conocido con lo no.

La casita que soplaré, soplarás, soplaremos.

Una segunda teoría aún más extrema, mamarrachada con fibrón en los azulejos del mugroso baño del fin del mundo, expresa: “La esperanza es la mentira más alegre de todos los tiempos: lo único que creamos y buscamos de modo genuino”.

Lo único que podrían compartir tu amigo imaginario y vos es la necesidad de esperanza.

Llegado este punto, enlazando los cabos y conceptos… parece interesante, ¿verdad?
Es la vida que existe, acá desglosada en forma de pasos a seguir.

El juego es adueñarse,
¿empezás a ver los recovecos del laberinto literario? ¿empezás a notar acartonado cada callejón sin salida? ¿empezás a sentir que el laberinto es tal siempre y cuando vos asimiles que estás perdido? ¿empezás a sentir que el hecho de que todo sea un juego no le quita gracia sino que le otorga magnificencia? ¿empezás?
¿empezaste?

Bienvenido a lo que viene después de que te deshacés del amigo imaginario que creaste, después de que armaste un escudo que va del lado de adentro.

III.
Crisis número uno: el mundo te parece más chico.
Crisis número dos: el mundo no te importa.
Crisis número tres: al mundo no le importás.

Todas esas crisis existen, no hay letras chicas que puedan ocultarlo. Como dice un refrán que no existe: “si pagas por letras chicas, no te quejes por la ceguera”.

Lo importante es que si lográs superar todas las crisis, un día suena el timbre.
Es tu amigo imaginario, con una ouija bajo el brazo.

Tu mundo sin él. Su mundo sin vos. No queda nada por afuera de eso:

1-el mundo sos vos.
2-el mundo es lo único que te importa.
3-al mundo le importás más que nada.

El paso que sigue es tan controversial como el primero, básicamente porque parte de una misma base de ruptura: ¿es lo mismo decir “contactar” que decir “comunicar”?
¿tenés algo para decir?
¿estás buscando algo más allá?
¿precisás saber si el que está a tu lado, el otro, tu amigo imaginario, tiene el dedo a unos centímetros de tu dedo porque crea una búsqueda o si es porque busca crear?
¿precisás saber si vinieron a ayudarte, a pedirte a ayuda, a engañarte, a pedirte que engañés?

Son vos y tu amigo imaginario creando o buscando algo juntos. Como de niños, pero diferentes. Lo que lo hace aún más de niños.

¿Quién es?
¿Dónde se vieron por primera vez?
¿Por qué lo trajiste a este mundo?

¿Nos conocíamos de antes?

Nunca existe un vos-yo.
Es: vos-amigo imaginario-yo. Ida y vuelta.

Paso final –ahora de verdad-:
preguntate si esa casa te pertenece
(¿esta casa te pertenece? ¿sabés con seguridad dónde estás?)
preguntate qué pasaría si quedara embrujada tu casa
preguntate si no serás un fantasma

(¿ya sabés que cuando digo casa quiero decir alma?
Ahora que dejó de ser un secreto, ¿sigue calificando como metáfora?)

preguntate quién es el que mueve la copa
¿si era yo, qué?
¿y si siempre vamos a ser tres?

Con esas preguntas podría concluir el experimento.

¡Oh, pero ya escucho al odioso lector otra vez!
Ya lo escucho, sí: “pero estimado escritor… esto no es técnicamente un experimento… la parte final de esto es predictiva, todo queda librado a un perturbador azar donde hay que confiar en que lo abandonado vuelva cuando no hay nada que garantice que eso sea un hecho. Por tanto, ya no tan estimado escritor, esto no es tanto un experimento como una estafa...”.

¡Discrepo!
Un experimento siempre es un experimento hacia el concepto de experimento mismo. Si se piensa en experimentar siempre hay una sobre-escritura de las reglas para ser un buen científico. Un buen científico Detective.

Mi experimento es hablar a través de mi casa, mi amigo imaginario, mi fantasma. Hablo a través de todo eso y propongo que el otro experimente lo mismo.

Visto desde otro punto:
Vos=fantasma.
Amigo imaginario=dueño.
Yo=casa.

El que está solo siempre es el otro. El que está solo es él.

Resumiendo:
Espero que hayas disfrutado de mi experimento y procedas a experimentar. Es una cadena. La cadena del multiverso que acabo de atar a tu cuello cuando puse mi mano en tu hombro y te distraje. Ahora nunca vas a poder escapar.
Es una especie de virus que se transmite a través de los mundos: experimentar.

Te mando saludos.
Creo que los vas a buscar.
Terminado el experimento, el tuyo, podés saludarme.
O buscar que eso me crea.   

Finalmente, abandonarme.

Será un placer sentirme objeto de venganza. 



*

viernes, 4 de septiembre de 2015

BATI(DOS)

BATMAN SON LOS PADRES. MUERTOS.

(“La sombra de la maldición del doble”)


Vemos que se va.
Sólo su reflejo.
Él lo ve irse, desde el espejo.

*

"No nos dijimos ni una palabra y yo sentí que, pese a todo, algo que me era muy difícil de explicar me unía a ellos para siempre. Habría querido decirlo y creo que hasta estaba dando con las palabras, cuando una gran explosión -como un trueno o el golpe de un rayo caído muy cerca de nosotros- estalló, partiéndonos el corazón. Una lluvia de ceniza gruesa y blanca comenzó a caer, como las hojas de un otoño lejano que, hasta ese momento, por alguna razón, habían permanecido detenidas en el tiempo". 

El origen de la tristeza, Pablo Ramos.


UN HOMBRE A OTRO:

Todo lo que hacés lo hacés para ganarle a algo. Siempre hay una idea en la vereda de enfrente. El capital descarado destrozando a mordiscones los sueños de pibes que leían cómics, como vos. La idea de que tus viejos se mueren y sos el siguiente. El todo mal de los que te dicen que todo bien. La idea de que podrías hacerlo diferente si no tuvieras que luchar contra todas esas cosas que te destrozan el traje pero no llegan a tu corazón, porque la victoria no puede entenderse como victoria si las reglas son la trampa. Todo en función de experimentar a flor de piel la sensación de que un paso más allá podrías, siempre, extirpar el tumor primordial, para fluir en una dimensión diferente, donde el dolor también existe pero sirve de validación para tu yo más rotundo: ese que no apela a la resignación ni a la búsqueda de algún otro yo. Una dimensión donde finalmente serías vos.
Todo lo que hacés lo hacés para ganarle a algo, perdiendo lo necesario y lo innecesario en el camino. Un poco de mal humor, un poco de buen amor. Esperanza demente de poder, algún día, atrapar la idea entre tus manos. Y apretar y reír a carcajadas. Luego, seguir apretando. Encontrar sangre en tus dedos y despertar niño, por última vez, a la salida de un cine, con todo perdido por fin, porque así soñaste, así quisiste, así anhelaste en fiestas de disfraces que ahora sabés que podrían no haber existido.
Estás solo en el mundo y tenés todo a tu alcance. 
Llegado el momento, ganás. Empieza el héroe. 
Sos Batman, cuando aún no sabe que será Batman, cuando quiebra la noche por vez primera y para siempre, abriendo el portal, pariendo al mito. 
Mañana tu plan será el plan. 
No hay modo de que el mal triunfe si un niño carga con el fantasma de haber querido morir. 
Todo lo que hacés siempre es tu origen. 
De modo inevitable, el cielo va a llamarte. De modo inevitable, vas a acudir a su rescate.



UN OTRO A UN HOMBRE:

Recuerdo aún esos días en que yo era Batman. 
Fueron tiempos turbios y hermosos. 
Mis amigos siempre en peligro, mi familia siempre a punto de separarse o cadáveres, enamorado de la idea de estar enamorado, el amor tan confuso. Yo en la oscuridad, manteniendo todo en pie, muy mártir y muy enojado. Fueron tiempos en los que encadené a mi amigo imaginario: no le permitía ser de nadie, lo obligaba a ser mi sirviente. Me malcriaba, a la fuerza.
Ahora él y yo nos cruzamos a diario. Pero dejó de tener tiempo para mí y me habla de vidas que no tengo. Yo también siempre hablo de lo que tengo: y no quiero salvar al mundo si no tengo un esclavo. 
Mi fortuna dejó de cotizar en alma para cotizar en agujas que se persiguen, en días que chocan unos con otros, borrachos o muy drogados de algo. Mi fortuna no va a hacerme inmortal. Ahora llevo la capucha y la capa oscura de las ideas, lo que me imposibilita para ser aquel héroe que protege la inmutabilidad de su karma- ciudad. 
Los malos van a seguir existiendo pero ya nada será lo mismo. 
Lo sé por sobre todo porque mi amigo imaginario no envejece y se convirtió en la confirmación de mi fantasía circular. Conocerá a otro como yo. 
Lo sé porque fui el mejor detective de todos los tiempos. Fui Batman. Y te dejé un Alfred universal de subjetividad, fiel, para que puedas algún día cumplir todos tus caprichos y que consecuentemente logres trascenderte; para que puedas encontrarme cuando dejes de ser el salvador, justo cuando yo esté en otro lado, en lo que viene después. 
Condené a alguien para condenarte.
Cuando seas vos el creador volveré a ser Batman y me vas a entender sin poder hacer nada por mí. Me recordarás como eso que supiste ser. Voy a ser un amigo imaginario en tus recuerdos, lo único que sobrevivió en algún lejano tiempo, cuando todo había muerto en las puertas de un cine, cuando juraste la venganza que hoy me mantiene, otra vez, entre las sombras, observando como todo cede ante su propio peso, mientras cargo un arma y me dirijo hacia la función trasnoche de la película inevitable.
Recordarás éste día.
Lo recordarás ante todo, como yo recuerdo haber sido quien sos, quien fuiste y quien serás.
Siempre él. 
Siempre Batman.
Siempre yo.

***

Después, observándote desde la máscara, sentiste que fuiste ellos.


martes, 1 de septiembre de 2015

DOC-MA

3 VISTAZOS SOBRE EL MUNDO, EL MOVIMIENTO y EINSTEIN

“Lo Nuevo no es una moda, sino un valor… Para escapar a la alienación de la sociedad actual sólo queda la huida hacia adelante”.  Roland Barthes


Visualización número 1:

Vi a un viajero temporal el día que miré los ojos de un animal. Recuerdo que luego pensé en el tipo más inteligente del mundo, pensé en la poética  de un pizarrón de escuela repleto de cosas inentendibles, pensé en que podía perdonarme todo, porque después de todo no quiero ser este que soy cuando sea lo que pienso ser. Vi que la pregunta sería otra. Vi la inocencia primordial tras la teoría de la relatividad.

Visualización número 2:

Vi al mundo deslizarse bajo mis pies, mientras caminaba apurado hacia algún punto exacto que nunca es tan exacto y que se repite en cada movimiento ajeno: todos somos un lugar ocupado que se traslada dentro de un engranaje que tarde o temprano va a perder el eje y va a salir disparado, cortando los hilos de todo lo demás, porque ya no van a existir las órbitas, la gravedad, el orden catedrático, el caos subyacente; básicamente no va a existir nada más que un último fotograma: el de uno mismo yéndose, más precisamente la espalda de uno mismo yéndose, con la vista fija en el piso, un poco idiota, fascinado por el milagro cotidiano del baile cósmico-astral.

Visualización número 3:

Vi mis propias intenciones: mi convertirme en algo a justificar, mi ser testigo; me vi a mi mismo repetido, y cada uno intercambiando lugares con el otro, como una guerra sin territorio. Porque la mente no es un territorio. Digan lo que digan, la mente no se puede conquistar. Y se expande. Como la tierra por la que caminamos, que antes estaba más cerca de otro pedazo de tierra, porque todo era un gran corazón que empezó a partirse, hasta partirse a nivel infinito, al punto cero: como un cáncer que de tanto expandirse supera al cuerpo y se va, lejos. Así nos vamos, así, por sobre todo, nos movemos, creyéndonos el recorrido, siendo menos buenos o menos malos de lo que pensamos que somos.  

*


Luego se movió el sol.
O me moví yo.
La luz se tragó al tiempo
y por último 
me encandiló.