jueves, 29 de octubre de 2015

el problema

DIMENSIÓN FRACTAL
(o:  “El gato de Schrödinger ha muerto… ¡larga vida al gato de Schrödinger!”)



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El problema, que para su interior, para su representación totémica gráfica fue desde el instante cero EL PROBLEMA, surgió cuando su novia le susurró, en mitad de la noche, en medio de la oscuridad, justo en el centro de la cama que compartían, con él recostado en su pecho, en el corazón del corazón, en el agujero podrido de ese cuento que comenzaba con una manzana mordida: “si te parece que la idea estaba tan buena la deberías volver a escribir… ¿o te vas a quejar toda la vida de haberla perdido?”.
Él intuyó que ella no sabía del todo lo que estaba queriendo decir, incluso, sin mirarla, sintiendo el compás cada vez más lento con que subía-bajaba su pecho izquierdo, supuso que lo que decía lo decía por estar quedándose dormida con él sobre ella, como uniendo pensamientos que en realidad no le pertenecían del todo, dando vida a esa declaración Frankenstein que no carecía de valor en absoluto, pero no parecía real, como si el secreto de su enunciación radicara en un estar diciendo algo mucho más importante, algo que excluía por completo la idea de emisario directo, siempre deforme, monstruo-monstruo-monstruo, un mensaje más importante que los cómos para exteriorizarlo, algo que no podía estar para nada prefijado por la débil voluntad de ella que ya descendía, seguro, espiralada hacia el paraíso de las tierras oníricas.

O quizás fue que EL PROBLEMA surgió de ese sueño, el de él, que dormido y soñando que ella se estaba por quedar dormida, empezó a tejer el mito, ascendiendo al infierno de la razón que había sido el culpable de otorgar el carácter de mayúsculas a esas palabras que empezarían a desarrollar una afinidad enorme entre ellas, relaciones siempre lineales pero llenas de mentiras piadosas: significaban algo y significaban muchísimas otras cosas: dos palabras: EL-PROBLEMA.

A veces EL PROBLEMA era el “EL”, a veces EL PROBLEMA era el “PROBLEMA”. Algo que todo el tiempo parecía estar en un equilibrio enfermizo, de fiebre, de borrachera cósmica peligrosa, de acto terrible y temerario de pararse en el borde de la terraza y mirar para abajo y sentir el vértigo y saber que toda esa conciencia de la perfección es tan suave y fugaz como la brisa que su mismo espíritu, el que se mira a si mismo, provoca, esa brisa-posible-asesina pero mientras tanto tan embriagadora, un trabajo de profesionales ejercido por entusiastas novatos cargados de confianza ciega, confianza bruta, confianza todo: un equilibrio destinado a no serlo, razón por la que él empezó, para decirlo de algún modo, a obsesionarse y su obsesión fue, claro, la posibilidad de resolver EL PROBLEMA, lo que debe entenderse como “la posibilidad de romperlo”.

Deseaba convertirlo en un “EL” libre y un “PROBLEMA” libre, dejar de verlos siempre unidos en la primer plana de todas sus fantasías o como mensaje subliminal de sus siniestros, fuera de foco, pero tan evidente en su disfraz.

EL PROBLEMA tenía en su interior, en analogía perfecta dado su carácter de organismo doble (EL/PROBLEMA), un sistema circulatorio dividido también en dos. Una pulsión indicaba, casi fatigosa en su completo convencimiento, que retomar algo ya escrito para volver a escribirlo era una opción tan estúpida y aburrida que hasta era preferible, con tal de evitarla, jugar a la maduración o la superación, un: al pasado, pisado; cualquier cliché con tal de no entrar en el tedio de intentar entenderse de un modo tan poco divertido. No, no había modo, ni hablarlo. Mejor no. La otra pulsión no la contradecía, claro, porque provenía del mismo eje, pero se le oponía en recorrido: comenzaba con un “sí” rotundo para luego explicar que su gran plan consistía en volver a escribir lo escrito pero desde un segundo nivel: re-escribir sin omitir la sensación de estar re-escribiendo, convertir la idea en un barco de papel en un torrente de información vital, violento y caudaloso, como si no fuera lo más importante ni lo más vivo, pero ahí, sin hundirse; para esa voz era importante, justamente,  ese río, el poder pensar sobre las implicancias de retomar un texto y en vez de realmente retomarlo escribir sobre ese retomar. Una trampa. Mejor ni decirlo en voz alta.

No se animaba a colgarse de alguno de los extremos, no se animaba a ser ese peso que ejerciera la presión suficiente como para ahorcar a alguna de las cabezas, no se animaba a sentirse culpable: sí, estaba aterrorizado con EL PROBLEMA, pero no podía, sabía que no podía, recurrir a una escapatoria fácil, sabía que un ataque ingenuo podía derivar, no bien hechas las cosas, en un EL PROBLEMA zombie. No necesitaba corroborarlo para saberlo: EL PROBLEMA tenía que ser eliminado con un certero tiro en la frente con una bala de plata en la que fuera tallada una cruz. Cualquier otra opción era una tontería.

Sabía que la cabeza “mejor no” no se equivocaba, que ese argumento anti-tedio era también una declaración astuta: el tedio escondía, sin duda, imposibilidad, un velo falso, una respuesta que terminaría decantando inteligente pero muerta, mejor no, mejor entender el abandono y no abandonar, porque abandonar no era dejar de hacerlo, sino dejar de vivir. Se dijo: no quiero dejar de vivir y seguir haciendo.

Sabía también que la cabeza “sí, mejor”, estaba en lo cierto, se hacía cargo del giro, se peinaba para una cámara de 360 grados, imploraba y exigía un desafío que no encontrara su punto fuerte en la negativa, una sapiencia de que “claro que es una pérdida de tiempo, a menos que”, un “a menos que” tesoro, un “a menos que” corriendo en círculos alrededor suyo, un “a menos que” que podía marearlo, hacerlo tropezar. Se dijo: no quiero ser yo el que me mate.

En ambos casos EL PROBLEMA estaba en que EL PROBLEMA pertenecía a una cabeza otra que no era la suya, que podía ser la de su novia, que podía ser la del rey del sueño, cualquiera… pero no la que él podía agarrar con sus propias manos, no la que él podía hacer chocar contra una pared, cosas ambas que hacía (taparse con las manos, darse contra una pared) cuando EL PROBLEMA traía un insomnio insufrible, cosa que pasaba o empezó a pasar a menudo.

También empezó a pasar que el terror que lo paralizaba, debido a una repercusión en algún lugar de si mismo o en algún lugar de algún si mismo,  como si se moviera a una velocidad increíble, comenzó a estirar sus tentáculos, dejando detrás suyo una estela de fantasmas, que a veces son considerados pasado, pero que eran, de modo claro, a él empezó a parecerle claro, nuestros arqueólogos, nosotros después, adquiriendo el ego correspondiente, convirtiéndonos en protagonistas, luego en la posibilidad de escribir sobre eso; de pronto el terror-especulación-tentáculo-expansión le hacía concebir la idea en colores brillantes de un par de cabezas para cada una de las cabezas, generando, con esa simple doble posibilidad, doble de dobles,  una especulación matriz que en realidad siempre había sido eso: algo imparable: dos cabezas por cada cabeza, dos cómo hacerlo dentro de cada qué hacer que también era doble. Empezó a sentir, sin remedio, que en su ahora todo dependía de EL PROBLEMA, hasta de su chance, porque la tenía, ¡la tenía!, de decidir olvidarlo. EL PROBLEMA era una mentira, SU mentira. Escribió, en su diario, “algo que había sido decide volver: alguien va a decir que escribí, pero se va a estar refiriendo a si mismo”. Empezó a sentir que todo, en definitiva, se trataba de eso: re-escribir o no re-escribir y cómo y algo relacionado con la culpa y la inocencia; empezó a sentir que los pensamientos habían tenido la fuerza suficiente como para evolucionar y empezaban a ser la fusión evolutiva: el pensamiento único, y el día que de tanto pensar sobre eso terminó por comprender (dentro de la misma comprensión) el concepto, abrió los ojos y no supo si se despertaba de un sueño que le había narrado una vida o si sólo había dado una cabeceada, que seguía acá, que nunca se había ido, que ésta, así, era su, “mi”, escribió, vida.

Primero sintió que la negrura de su habitación se lo tragaba. Luego, de a poco, se dio cuenta del peso que había sobre su pecho. Un peso liviano, algo que se balanceaba entre los vaivenes algo alterados de su ritmo cardíaco, algo ahí pero ausente: ella, dormida.

Esa fue la noche, la noche re-escritura de la noche en que todo había comenzado, que llegó, por fin, cuando estaba tan acabado que ni siquiera parecía acabado, cuando había asumido que su brújula jamás podría guiarlo en un universo con una expansión de esas magnitudes, en que supo que EL PROBLEMA, el del pensamiento único, algo de lo que ya había escrito, algo de lo que no podría dejar de escribir: el pensamiento único, paradójicamente sostenido por la repetición, tenía una solución: no había que ir hacia delante, bastaba con dar un paso hacia atrás, estar previo a la creación de EL PROBLEMA, crearlo, serlo, pasarle EL PROBLEMA a otro, y, en la vida que siguió a ese segundo o, quizás mejor dicho, en los segundos que siguieron a la vida que siguió, resolvió lo siguiente: empezó a predecirla, a ella, a su novia, sólo porque era su reflejo no espejo más cercano, empezó a palpar la ficción de tratar de predecirla, empezó a hacerla consciente de su ficción de tratar de predecirla, la volvió real, testigo de su búsqueda, de la de él y, a su pesar, de la de ella misa, la construyó en el templo de EL PROBLEMA, sin que EL PROBLEMA sospechara, por caso, que estaban cocinando su perdición en sus propias entrañas. La hizo única a razón de repetírselo todo el tiempo, para que nada se borrara, hasta que un día, mucho después o ese mismo EL PROBLEMA cuando todo había comenzado, cerró los ojos, en el centro de su cama, en el centro de la habitación, que formaba parte de un mundo donde todo podía ser un centro, en el centro mismo, por consiguiente, del espacio infinito, espacio-hoja-en-blanco, y se durmió (por fin) para soñar algo que al otro día no sabría cómo contar “a menos que” un cuento y volver a empezar, con la pequeña diferencia de que ya no dormiría en su pecho, ni ella en el de él ni él en el de ella, porque se había quedado (por fin) solo  porque, concluyó, no hay mal (EL PROBLEMA) que dure cien años, ni idiota (otro) que lo soporte.

Volver a empezar… o no, susurró para sus adentros con una sonrisa que bien podía estar en sus labios o bien sólo existir en sus pensamientos.


Quedarse quieto, ahí, en ese punto exacto donde todos los rumbos convergían, ahí donde ya ninguna idea le parecía tan buena, no le significó ningún problema: todo estaba, otra vez, como nunca, roto y resuelto.   






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