domingo, 24 de enero de 2016

starman

A MEDIDA QUE EL MUNDO SE DERRUMBA



But I'll be there for you-ou-ou
As the world falls down.

*

-¿Qué estoy pensando? Debajo de todo lo que diga y todo lo que pienso, debajo de todo eso… ¿Qué estoy pensando? Hacé fuerzas- se tocó la sien al tiempo que el vaso golpeaba con fuerza la mesa, remarcando sus palabras y su gesto. El índice repiqueteó sobre el costado derecho de su cabeza.
Ella, sin despegarle los ojos de encima, subió una de las manos y buscó con la boca hasta dar con el sorbete de su trago. Bebió con avidez. El calor le bajó por la garganta al tiempo que también le cubría brevemente los pómulos. Sintió que un aire caliente le salía por los ojos. Casi le pareció ver vapor entre ellos. Aún así no se permitió pestañar ni dejar de mirarlo. Tampoco soltó el sorbete, pero dejó de beber: empezó a mordisquearlo, con una calma violenta, producto de la tensión.
-Todo esto que estoy diciendo en realidad significa algo que ni yo sé qué es. El cerebro funciona así. Mientras más hablo más estoy diciendo otra cosa… pero en el centro –el índice fue de la sien hasta el centro de su frente- …hay algo palpitando. Algo que yo me quiero decir a mí. Y como yo no puedo escucharme porque sigo hablando, necesito que seas vos la que lo escuche. Quiero que me digas en qué estoy pensando. Y es importante que sepas que sea lo que sea, te voy a creer. No me queda otra. ¿Me seguís?
Ella asintió con un gesto veloz, compenetrada. Él la miró con desconfianza, no muy seguro de que lo estuvieran siguiendo. Se dejó de tocar la frente y le dio un trago a la cerveza. Luego desvió la mirada, pensativo, y acarició las cicatrices de la madera.
-El tema es que si acertás lo vamos a descubrir. Lo único que hay que hacer es esperar, lo que significa que capaz caigamos en la trampa de esperarlo para siempre porque en realidad no acertaste- volvió a mirarla. Sus pupilas estaban muy dilatadas-. Estoy dispuesto a correr el riesgo. Lo único que te pido es que te concentres y que si no vas a acertar al menos trates de acercarte, ¿dale? No quiero esperar algo toda la vida.
Esta vez, ella no hizo ningún gesto. Pero siguió mirándolo fijo. Sobretodo porque el silencio entre ambos, ese silencio que ahora precisaba una respuesta de su parte, los unía en su carácter de no silencio: cuando él se había callado, todo el ida y vuelta de la barra, los murmullos, las risas en otros idiomas, el entusiasmo etílico, había vuelto, como si lo hubieran sacado de un modo pausa. Estaban en un bar y, sin palabras entre ellos, todo era ensordecedor. Sonaba una balada triste que hablaba de un hombre que se moría. O que estaba escrita por un hombre que se moría. O las dos cosas.
-Concentrate fuerte, Lau… si es verdad que la realidad la crea la mente vas a poder leer el futuro si lográs leer en el centro de mis pensamientos… no te apures a…
-David Bowie.
Él quedó boquiabierto.
-¿Qué?
-Si lo pienso la cagué, ¿no? Si lo pienso no sirve- soltó el sorbete y volvió a agarrarlo. El calor volvió a sus pómulos, esta vez no por culpa del vodka. 
-¿Quién dijo que no tenías que pensar? –él seguía consternado. Se había puesto pálido. Su voz había perdido el poder hipnótico. Ahora estaba ecualizado con todo el resto. Eso no hizo que ella se sintiera mejor, por eso no pudo evitar que la culpa se enroscara entre sus palabras cuando contestó: 
-¿Qué querés que haga? ¿Que me quede mirando la manchita que te hiciste en la frente hasta que se me aparezca un mensaje? No, no puedo. No quiero defraudarte. Es lo primero que me vino a la mente. David Bowie. Perdón.
Él la miró otro rato, luego suspiró y terminó la cerveza. Pidió otra con un gesto.
-¿Me manché la frente? –preguntó, desanimado, acodándose en la barra con los hombros caídos. Ella sintió que se le partía el corazón. 
-Sí –sacó un pañuelo de papel de uno de los bolsillos de la cartera y se aproximo a él-. O te dejaste una marquita por apretarte fuerte con el dedo. Dejame ver.
-No, dejá.
-Dejame ver si sale, dale.
-Lau…
Él intentó correr la cabeza, pero ella lo sujetó y le pasó el pañuelo de papel por la frente. Estaba caliente.
-No, no sale… igual, si querés…
-¿David Bowie? ¿Eso es lo que tengo… adentro? ¿Qué significa? ¿Cuál es el mensaje?
Ella se volvió a acomodar en su taburete y metió el pañuelo de papel de nuevo en la cartera, luego de convertirlo en un bollo.
-Ya se te va a salir solo. Sos un bruto, Esteban. ¿Cómo te vas a apretar así? ¿te querés agujerear la cabeza?
Él la miró.
-Ahora voy a tener que esperar…
-O hacer de cuenta que no dije nada...
-No… no, Lau… -le dejaron el vaso de cerveza delante. Miró al joven de la barra, fingió una sonrisa, pagó, dejó propina y volvió, ya sin la sonrisa-. No puedo hacer de cuenta que no dijiste nada. Ahora hay que resolverlo.
Volvió la vista al frente, con impaciencia en sus movimientos.
Fue el turno de ella de suspirar.
-Si llego a tener razón te voy a re mandar a la mierda, ¿sabés? –de pronto se sintió muy indignada-. Porque no descartes la idea de que yo tenga razón. Por algo fue lo primero que se me vino a la mente, ¿no?
-Tenías que leer mi mente, el futuro… no tenías que leer tu mente. Eso lo hacemos todo el tiempo y lo único que hace es… no sé. Tapar lo importante.
-Fue lo primero que se me vino a la mente después de escuchar lo que vos decías. Capaz no soy buena leyéndote pero creerme que te escucho bien –enarcó ambas cejas, desafiante.
Él apretó con fuerza los ojos, por un momento, como si le dolieran mucho. Habló con desgana.
-Lau… dos segundos antes de que dijeras “David Bowie” estaban pasando un tema de David Bowie. No te quiero decepcionar, pero no me estabas escuchando a mí… estabas escuchando el tema que sonaba mientras yo hablaba.
Ella no supo qué responder. Se llevó la mano a la boca, con algo de sorpresa y algo de miedo.
-Me estás jodiendo…
-No –le dijo él, seco.
-Igual… -dejó su vaso sobre la barra, se apresuró a improvisar una explicación-…capaz que… Capaz que hay que descifrar lo que quise decir, como vos decís… no es tan fácil. Vos siempre decís que no es fácil…
Él se giró hacia ella, con gesto cínico. De pronto sus facciones empezaron a suavizarse.
-Pará…
-Esteban…
-¡Pará, claro! –levantó la cabeza, los ojos volvieron a brillarle. Su tono recuperó algo de fuerza y claridad.
-Esteban…
-¡Capaz yo inventé a David Bowie! ¡No! ¡Capaz que en otro plano yo soy Bowie! ¡No! ¡Capaz soy un marciano! ¡Un esquizofrénico! ¡Un marciano esquizofrénico!
-… creo que se te está agrandando la mancha de la frente.
-¡Capaz que soy un invento de Bowie! ¡Eso!
-Sí… -se levantó sin perder tiempo, corroboró tener el celular y lo tomó del brazo-. Y también estás borracho y tenés algo raro en la frente y nos vamos ya para el hospital…
-Soy un tipo muerto en los bares de la gente viva, Lau.
-No, Esteban… no sos… -lo miró sin poder apartar los ojos de esa mancha de la frente, cada vez más grande, cada vez más morada-. Capaz que significa que si te esmerás podés ser como Bowie… Dale, por favor, vamos.
Ella tiró de él. Él se levantó del taburete, pero la retuvo.
-No, Lau… Nadie puede ser como Bowie.
-Está bien, no tenés que apuntar tan alto pero…
-Nadie puede ser como Bowie- esbozó una enorme sonrisa-…porque yo lo hice inimitable.
-Esteban. Nos vamos –ya no podía ocultar la desesperación. Echó una mirada fugaz alrededor: había personas que los miraban.
-Lau…
-Esteban, tengo miedo…
Él la atrajo hacia él, con fuerza. Sus cuerpos se rozaron y todo volvió a ser silencio, un silencio tan devastador que desintegró toda la ilusión del bar, o volvió a taparla de nada, como hacía un rato.
-Lau, ¿cómo me descubriste?
Ella intentó soltarse de sus manos, no pudo hacerlo y las lágrimas por fin escaparon de sus ojos. Apoyó la cabeza en su pecho y lloró. Lloró como hacía mucho no lo hacía. Él le pasó una mano por el pelo, con suavidad. 
-Me hacés preguntas muy difíciles… No creo que sea sano pensar tanto todo… No sé quién sos… pero no quiero que te mueras.
-Soy inmortal, Lau…
-No hace falta tratar de adivinar el futuro –ella lo abrazó con más fuerza y cerró los ojos-. Capaz que vos y yo estábamos escuchando a Bowie y punto. A veces quiero que escuchemos música juntos. Así de simple. Sin que hablemos. Pero sin leernos la mente tampoco.
-Yo…
-Shhh. Una cosa más.
-Te escucho.
Se puso muy seria. Apretó los puños por detrás de él.
-Vos no sos Bowie. Bowie era un montón de otras personas. Pero vos no sos Bowie.
-Ya sé –él le besó la cabeza, con dulzura-. Ya sé, Lau. Perdón.
-Y tenemos que ir al hospital.
-Sí, al hospital.
-Y no te quiero intentar leer los pensamientos nunca más.
-Mejor.
Sonrieron, sin mirarse.
-Vamos.
-Vamos.
Se soltaron, volvió el bar. Salieron entre miradas de curiosidad, pidiendo permiso, con la cabeza gacha y tambaleándose. En la puerta se tomaron un taxi.
En determinado momento del viaje ella descubrió que él se había dormido. Pensó en despertarlo, algo alarmada, pero finalmente se quedó mirándolo, hundida en cavilaciones poco claras, mientras inspeccionaba el tamaño de la mancha que le cubría la frente: seguía creciendo, tenía forma de estrella y estaba casi segura de que palpitaba. De modo leve, pero palpitaba. O era un efecto creado por las luces de la ciudad, las sombras y el movimiento.
Siguió un impulso y le preguntó al taxista si tenía un disco de Bowie. El taxista le dijo que no, no tenía nada de Bowie, no sabía quién era ese tal Bowie, nunca había oído hablar de él.
Siguieron, sin música y sin emitir palabra.
Ella sintió un frío repentino y se recostó contra su acompañante. Clavó la vista en los fragmentos de noche despejada que se filtraban por la ventanilla, tratando de no pensar en nada.


***

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