domingo, 10 de enero de 2016

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ONDA EXPANSIVA


Pienso, luego existes. 
In the mouth of madness, J. Carpenter.

*** 
Era una biblioteca bastante insípida, sin esa cosa avasallante de las bibliotecas bien, sin esa mística de infinito misterio. Era un edificio viejo que olía a viejo, no mucho más que eso. Un boceto eterno. No podías sacar los libros, así que la única opción era sentarte en alguna de las tambaleantes sillas de madera y concentrarte en concentrarte. Aunque comprendieras que los clásicos no eran lo tuyo, aunque el best-seller de turno le dejara a tu cerebro una somnolencia sólo equiparable al cansancio feliz y confuso post masturbación. En algún punto eso la hacía especial: era una biblioteca que pedía a gritos que olvidaras que estabas ahí. Yo me quería olvidar por qué estaba ahí para olvidar, por sobre todo, por qué no estaba en casa.
Recorrí las diferentes cubiertas, casi todas rotas en las esquinas, gastadas de tanto manoseo, y me decidí, tras el repiqueteo leve pero genuino que mis dedos dedicaron a la indecisión como ofrenda máxima, por un libro que no tenía en su lomo referencia de autor u obra. Cuando lo saqué vi la ventana. Del otro lado del cristal pude vislumbrar un lugar donde dos chicos jugaban. De fondo el hongo nuclear, desenfocado. Árboles encorvados, como soportando un viento perpetuo. Una mujer gritando. Los niños reían. Las risas pueden ahogar cualquier sonido. Imaginate subiendo el volumen de tus auriculares, mientras escuchás risas. Pueden estar ahí o en el exterior. Pero no vas a poder evitarlas. ¿Quién es capaz de evitar los buenos momentos? ¿Quién es capaz de no ignorar todo por una fracción de segundo?
Mi descubrimiento, el umbral a un patio inexistente, me dejó sin palabras. No podía gritar, no podía ser el artífice del anuncio final. No podía dejar un agonizante resplandor de futuro suspendido en el aire, no podía ser el rugido devastador de la conciencia por venir, no podía ser el abrasivo dios que encuentra la razón de ser en la omnipotencia de poder pararse detrás del epílogo, no podía darle a mi velocidad un aura digna de profecía ancestral, no podía ser el motor que llega a su tope y revierte su mecanismo para volver en forma de engranaje mínimo pero redentor, no podía ser la epifanía tardía que siempre viste la ropa de epifanía temprana, no podía ser el primer despertar del horror que ilumina la última madrugada de sudor frío. No podía ser lo que iba a venir. Y otra vez era espectador de la catástrofe inminente.
Ante la imposibilidad de romper, desesperado, preferí convertirme en la expansión. O no me quedó alternativa y sospeché o intuí, como un paranoico enfermizo o el tipo más iluminado de su generación, que el único camino restante era el de materializarme en el pasillo que albergara el eco de lo imposible, transformándolo en lo inevitable. Fui el nudo, concreto, frágil, primordial. El corazón muerto de todo el arsenal imaginativo, el cascarón abandonado, indispensable cuna en mi vacuidad. El centro carente de sentido sin los extremos, el cosquilleo mudo del beso, todos los diálogos posibles, la marea furiosa y nocturna de formas cambiantes que colisiona una y otra vez contra el dique de la garganta cerrada, cuando te aguantás las ganas de ser hiriente porque nadie se lo merece, porque no te lo merecés; todo el vértigo del huracán que puede desembocar en cualquier pasado, el doble huracán, el triple huracán, el único, ese en el que dos se dan la mano, ese en el que dos abrazan un mismo origen, en el que dos se miran sin querer, en el que dos no se encuentran y que sin embargo, del mismo modo mágico y anecdótico, desemboca en el aleteo de una mariposa cuyo agitar de alas, en reversa, la termina llevando a la flor cero, aquella que nadie arrancó en un arrebato de locura… esa locura borracha de romanticismo de recreo, el tópico recurrente del héroe, gestándose del otro lado de las cavernas, el otro yo de cada yo, la multiplicidad parida de la soledad, porque cuando te acostumbras a la soledad, la soledad lleva un tiempo acostumbrada a vos. La sagrada madre, el embarazo virgen de la perspectiva. El nudo.
Todos nos quedamos sin futuro en algún lugar del relato, nadie carece de un pasado. 
Les di mi hogar, que no era el mío, ya no; les di mis hogares inventados, para que los amueblaran, pero por sobre todo confié en que me dieran sus expectativas, sus lugares secretos y los otros lugares, los acechados desde las ventanas secretas de los lugares secretos. Todo se ensanchaba a un ritmo ensordecedor, con los golpes eléctricos de esos electroshocks que buscan devolver la vida impulsados no por la esperanza sino por la voluntad. ¿Quién más capaz de cambiar la realidad que quien sabe que es imposible cambiarla?
El conflicto, las risas, los buenos momentos, todo amalgamado en el enorme entramado de las líneas que conforman el diario íntimo que se escribe con un idioma inventado, cuando no sabés leer.
El chico estaba enamorado, se veía en su mirada, la mirada de la chica quedaba oculta tras el antifaz de sombras que dibujaba sobre ella la luz de la linterna con la que se alumbraba el rostro. Jugaban a contarse una historia de terror (“un hombre nos observa”) o un chiste genial y terrible (“un hombre nos observa y llora”). Se divertían, se concentraban en concentrarse. La mujer era el único testigo potencial de mi presencia, pero su atención estaba en los niños, en los niños que nunca habíamos tenido juntos, en los niños y su inmensa vulnerabilidad. Al final del camino, por detrás de ella, a su espalda, yo estallaba.
Cuando sentí el calor en mi rostro, el paso previo a la desintegración total y absoluta, volví, sin decidir ni preferir, el libro a su lugar.
La taquicardia cesó de pronto, como si nunca me hubiera pertenecido y, con lentitud, alejé mis dedos de esa edición que se adivinaba vieja pero se mantenía en perfecto estado. Un pensamiento residual: “nunca voy a poder acariciar como la primera vez… el mundo está gastado y soy demasiado nuevo. Pensarlo al revés sería un bajón.”
Sin referencia de autor u obra quise decir: “Te extraño”.
Sin referencia de autor u obra quise decir: “Algún día voy a conocerte”.

Sin embargo no dije nada: en esa biblioteca, como en toda biblioteca, se exigía silencio.


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